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Relato de los Merodeadores
Publicada en Junio de 2008
Abreviatura: M
La motocicleta de carreras tomó tan rápido
la curva afilada en la oscuridad que ambos policías del coche de la persecución
gritaron: "¡Guau!". El Sargento Fisher apretó su largo pie en el freno, creyendo
que el chico que montaba en el asiento de atrás de la moto volaría bajo sus
ruedas. Sin embargo, la moto siguió sin arrojar a ninguno de sus ocupantes, y
con un pestañeo de su luz roja trasera, desapareció en la estrecha calle de al
lado.
-¡Ya les tenemos! -exclamó con excitación el capitán de policía Anderson-. ¡Esto
es un callejón sin salida!
Tomando el volante con determinación y haciendo crujir la maquinaria, Fisher
rayó la mitad de la pintura de la chapa del coche en el intento de perseguirlos
por el callejón.
Los dos pasajeros estaban atrapados entre una pared de ladrillo y el coche de la
policía, que ahora se acercaba hacia ellos como un depredador gruñón de ojos
luminosos.
Había tan poco espacio entre las puertas del coche y los muros del callejón que
Fisher y Anderson habían salido con dificultad del vehículo. Dañó su dignidad
tener que medir pulgada a pulgada, como si se tratasen de cangrejos. Fisher
arrastró su generosa panza por el muro, arrancando botones de su camisa por el
camino, y finalmente descolocando el retrovisor con su parte trasera.
-¡Bajad de la moto! -bramó a los jóvenes que sonreían con insolencia, que se
habían sentados con la luz azul parpadeante como si disfrutasen con ello.
Lo hicieron como se lo habían mandado. Después de librarse del espejo retrovisor
roto, Fisher les miró con ferocidad. Parecían tener unos dieciocho años. El que
había estado conduciendo tenía una melena larga y negra. Su buen aspecto
insolente desagradablemente le recordó a Fisher al novio guitarrista y holgazán
de su hija. El segundo chico también tenía cabello negro, aunque era corto e iba
en todas las direcciones. Llevaba gafas y una ancha sonrisa. Los dos vestían
camisetas con un gran pájaro dorado estampado; un emblema, no había lugar a
dudas, de alguna banda de rock sin ritmo y ensordecedora.
- ¡No lleváis cascos! -gritó Fisher, señalando la cabeza desprotegida de uno de
ellos-. Excediendo el límite de velocidad con una considerable cifra -(de hecho,
la velocidad registrada había sido mayor que la que Fisher estaba preparado para
aceptar de una moto que pudiese viajar)-. ¡Ignorar la detención de la policía!
-¡Nos encantaría detenernos para conversar! -dijo el chico con gafas-. Solo
intentábamos...
-No te hagas el listillo. ¡Los dos estáis metidos en un buen lío! -gruñó
Anderson-. ¡Nombres!
-¿Nombres? -repitió el conductor de cabello largo-. Er... bueno... déjame ver.
Está Wilberforce... Bathsheba... Elvendork...
-Y lo que es bonito sobre ese es que puedes usarlo tanto para chico como para
chica -dijo el chico con gafas.
-Oh, ¿te refieres a nuestros nombres? -preguntó el primero-. Deberías habérmelo
dicho. Éste de aquí es James Potter, y yo soy Sirius Black.
-Las cosas se van a poner verdaderamente negras para ti en un minuto, pequeño
descarado...
-Pero ni James ni Sirius estaban prestando atención. De repente estuvieron tan
alerta como perros de caza, mirando más allá de Fisher y Anderson, sobre el
techo del coche de policía, en la boca oscura del callejón. Entonces, con
movimientos idénticos y fluidos, se llevaron la mano a sus bolsillos traseros.
En el espacio de un latido los dos policías imaginaron pistolas saliendo de
ellos, pero un segundo después descubrieron que los motoristas no habían sacado
otra cosa que...
- ¿Baquetas? -preguntó Anderson-. Sois un par de bromistas, ¿verdad? Está bien,
quedáis arrestados bajo los cargos de...
Pero Anderson nunca llegó a decir los cargos. James y Sirius habían gritado algo
incomprensible, y los haces de luz del coche se habían movido.
Los policías dieron una vuelta a su alrededor, después miraron a sus espaldas.
Tres hombres estaban volando -realmente volaban- en el callejón sobre escobas. Y
al mismo tiempo, el coche de policía estaba encabritado sobre sus ruedas
traseras.
Las rodillas de Fisher cedieron; cayó sentado. Anderson tropezó con las piernas
de Fisher y cayó encima de él, mientras oían flump-bang-cruch escucharon a los
hombres de las escobas chocar contra el coche y caer, aparentemente
inconscientes, en el suelo, mientras trozos de escoba caían a su alrededor.
La moto había vuelto a rugir de vida de nuevo. Con la boca abierta, Fisher miró
atrás para ver a los dos adolescentes.
-¡Muchas gracias! -le dijo Sirius sobre el ruido de la maquinaria-. ¡Os debemos
una!
-Sí, ha sido un placer conoceros -dijo James-. Y no lo olvidéis: ¡Elvendork! ¡Es
unisex!
Hubo un crujido que sacudió la tierra, y Fisher y Anderson se abrazaron el uno
al otro de miedo; su carro acababa de caer de nuevo al suelo. Ahora era el turno
de la moto de rugir. Antes de que los policías diesen crédito a lo que veían sus
ojos, surgió en los aires: James y Sirius desaparecieron en el cielo nocturno,
con la luz trasera parpadeando detrás de ellos como un rubí que desaparecía.
contenido original © 2008 El Cronista de Salem
Contenido Original: 11/6/2008 ~ Última Actualización: -/-/-